Un planeta orbitando en un sistema solar es una partícula.
El sonido es una onda.
Un electrón que recorre un circuito eléctrico es una partícula.
La superficie del agua en una bañera, cuando la tocamos con el dedo, es una onda.
Un gas dentro de un recipiente, es un conjunto de partículas.
La señal Wifi es una onda.
Un barco en el océano es una partícula.
La radicación de fondo es una onda.
Un barco moviéndose sobre el mar es una partícula que se mueve como una onda, pero sigue siendo una partícula -al menos hasta que se encuentre con unas rocas-.
En Univeros paralelos, dice Michio Kaku:
La razón por la que la relatividad perturba nuestro sentido común no es que sea equivocada, sino que nuestro sentido común no representa la realidad. Somos nosotros los bichos raros del universo. Vivimos en una parcela poco habitual, donde las temperaturas, las densidades y las velocidades son bastante suaves. Sin embargo, en el “universo real”, las temperaturas pueden ser abrasadoramente calientes en el centro de las estrellas o espantosamente frías en el espacio exterior, y las partículas subatómicas que vuelan en el espacio suelen viajar a la velocidad de la luz. En otras palabras, nuestro sentido común ha evolucionado en una parte modesta y muy poco habitual del universo, la Tierra; no es sorprendente que no nos permita entender el verdadero universo. El problema no radica en la relatividad, sino en presumir que nuestro sentido común representa la realidad.
¿Qué significa entonces que el electrón sea al mismo tiempo onda y partícula? Nada; no es ni lo uno ni lo otro. Sabemos que el electrón da señales de comportarse como una onda en unas circunstancias, y de hacerlo como una partícula en otras, pero la naturaleza del electrón nos es ajena: la dualidad onda-corpúsculo es una imagen demasiado lejana de la realidad a la que alude, pero es la única a nuestro alcance -que no sea la correspondiente formulación matemática, claro-. Simplemente sucede que nuestro conocimiento del mundo físico hace un tiempo -no tanto, apenas un siglo- que ha rebasado los límites que tiene el lenguaje convencional para elaborar metáforas capaces de hacer accesible la naturaleza de la Naturaleza.
Dice Max Born:
En último término, la dificultad se encuentra en el hecho (o principio filosófico) de que estamos obligados a utilizar las palabras del lenguaje común para describir un fenómeno, no por un análisis lógico o matemático, sino por una imagen que llame la imaginación. El lenguaje común se ha desarrollado por la experiencia diaria y nunca puede sobrepasar esos límites. La Física clásica se ha restringido al uso de los conceptos de este tipo; analizando los movimientos visibles, se han desarrollado dos modos de representarlos por procesos elementales: partículas en movimiento y ondas. No habiendo otro modo de dar una visión representativa de los movimientos, tenemos que aplicarlos a la región de los procesos atómicos donde falla la Física clásica.
La ausencia de espacio está más allá de lo imaginable. Se puede pensar un espacio oscuro y un punto en su centro, pero no se puede pensar la ausencia de espacio –en realidad, tampoco podemos pensar
el punto-. De la misma manera, algo que sea al mismo tiempo onda y partícula también está más allá de lo imaginable. Lo uno y lo otro solo tiene sentido matemático. Lo que hace tan inaccesible la Física moderna es que se ha independizado de nuestros sentidos y ahora es, como quizás ninguna otra disciplina del conocimiento, puro lenguaje -por mucho que trate de producir metáforas en lenguaje común para hacer más llevadero su trabajo-. Las imágenes –onda/partícula, cuerdas, membranas, agujeros de gusano, horizonte de sucesos…- son demasiado pobres para representar aquello que nombran. Este es, quizás, uno de los aspectos más asombrosos de la Física moderna: su lenguaje es capaz de llevarnos más allá de donde nos dejan los sentidos. Los físicos tratan de comprender la naturaleza del espacio y de la materia, pero al hacerlo, han de enfrentarse a los límites del lenguaje y rebasarlo; si quieren comprender más, están obligados a crear lenguaje.
Y de fondo, siempre la extraña melodía de los pitagóricos…