“¿Qué entendemos por “comprender” algo? Imaginemos que esta serie complicada de objetos en movimiento que constituyen “el mundo” es algo parecido a una gran partida de ajedrez jugada por los dioses, y que nosotros somos observadores del juego. Nosotros no sabemos cuáles son las reglas del juego; todo lo que se nos permite hacer es
observar las jugadas. Por supuesto, si observamos durante el tiempo suficiente, podríamos llegar a captar finalmente algunas de las reglas. Las
reglas del juego son lo que entendemos por
física fundamental.“(1)
Richard P. Feynman –un duro negociador– está dispuesto a pactar con los dioses: estos pueden atribuirse el origen de las reglas, pero a cambio deben renuncian a intervenir en el mundo. Para un ateo militante como el físico, se trata de una concesión insignificante. Ha colocado a los dioses en el lugar que menos importa a su disciplina: el origen de las reglas. Demasiado a menudo el brillo de los descubrimientos científicos nos hace pasar por alto el más importante de todos ellos, ese que Feynman trata de explicar con la imagen de la partida de ajedrez: comprender es
comprender los movimientos, no las
reglas.
La definición del físico lleva implícita una distinción interesante: el
concepto débil de porqué –de acuerdo con las reglas– frente al
concepto fuerte de porqué –el porqué de esas reglas–. La ciencia solo trabaja con el primero de ellos. En lugar del segundo, y como si quisiera paliar una carencia, recurre a la exigencia de coherencia: la ciencia no aspira a ser total –no puede dar cuenta del concepto fuerte de porqué–, pero aspira a ser coherente -no es posible que algo sea y no sea al mismo tiempo-.
Pero volvamos al tablero: si el observador de Feynman quisiera explicar la partida a un tercero que se inicia en el juego, tan solo debería
enumerar las reglas y
narrar los movimientos. Esto bastaría a ese tercero para decidir acerca del
sentido de tales movimientos. Es posible que este nuevo observador sienta curiosidad por saber más acerca del origen de las reglas, pero no necesita satisfacer esa curiosidad para comprender una partida. De la misma forma se acepta que el origen de las leyes físicas quede para siempre más allá del mundo comprensible. Decir que estas tienen su origen en los dioses, ni dificulta ni ayuda a comprender; se trata de un conocimiento inútil. Las reglas se pueden
conocer, pero no
comprender –no se puede decir más, pero tampoco se necesita decir más–.
Así que, después de todo, llegamos a la conclusión de que no hay otra manera de explicar la partida que no sea narrando los movimientos, lo que nos lleva exactamente a donde queríamos llegar: no hay explicación –y conocimiento– que no sea una narración. Solo conocemos aquello que somos capaces de narrar. Una manzana que cae es solo una manzana que cae hasta que encontramos una ecuación que describe su movimiento. Esa ecuación no es otra cosa que su relato –el relato de la caída– expresado en el lenguaje matemático de la física. La física es por tanto, otro relato más del mundo. Para ser más precisos: es el conjunto de todos los relatos posibles de acuerdo con unas reglas que se conocen como “leyes fundamentales” –unas leyes que no se explican, pero a partir de las cuales todo se explica–. Aunque escrito con el difícil lenguaje de la matemática, es tan relato como cualquiera de los de Las Metamorfosis.
Dice Michel Butor: “nuevas formas revelarán en la realidad nuevas cosas”. La física –la ciencia en general– no es sino otro más de los muchos intentos de la imaginación por acceder a nuevos conocimientos a través de nuevos relatos.
(1) Seis piezas fáciles. Richard P. Feynman. Ed Critica.