A ciegas y conjeturando como un loco, Dirac consiguió así resolver las ecuaciones de Klein–Gordon, el electrón relativista aparecía como el correlato físico de un objeto matemático. Y entonces Dirac notó algo extraño. Las soluciones de las ecuaciones de Klein–Gordon estaban divididas cual rabo de diablo. Una solución correspondía al esperado electrón, el signo negativo de la solución encaja con el signo negativo del electrón; pero otra solución opuesta se correspondía con todas las propiedades del electrón excepto la carga. Alguien menos matemático habría descartado discretamente esta solución anómala y pasado de largo. Dirac descartó esta posibilidad y afirmó la existencia del positrón. [...] Algunos años después –no muchos, por cierto– los físicos experimentales confirmaron la existencia del positrón.
Ascenso Infinito, David Berlinski. Debate, Madrid 2006.
Si usted piensa, como parecería deducirse del texto de Berlinski, que el electrón y el positrón existen, sepa que está usted equivocado. No se asuste: no hay una conspiración mundial para engañar a todos los alumnos de bachillerato del mundo. La cosa es todavía más interesante.
La fascinación que la ciencia causa tiene su origen en su misteriosa capacidad para crear representaciones del mundo –relatos, imágenes–, capaces de adelantarse a la experiencia. Se trata de un misterio triple: en primer lugar, usa un lenguaje –la matemática– que esconde en su seno las representaciones futuras del mundo; en segundo lugar, existen equivalencias entre esas representaciones y las cosas –sean estas lo que sean–; y en tercer lugar, como observadores, hemos sido dotados de la capacidad de observar, expresar y jugar con esas equivalencias. El electrón nunca estará a nuestro alcance –pues no existe–, pero como los personajes que viven en los relatos de ficción, es a través de ellos que podemos representarnos el mundo –y así comprender–. El electrón es un personaje necesario que, como todos los personajes de ficción, responde a un momento y a una necesidad, a una determinada visión del mundo. Una visión, por cierto, que ya hemos abandonado: la vieja idea de un mundo compuesto por decenas de extrañas e incomprensibles partículas subatómicas ha dejado paso a una representación de una belleza arrebatadora, casi irresistible:
De este modo, podemos explicar la tormenta de partículas subatómicas como algo parecido a diferentes notas musicales en la cuerda. Ahora podemos remplazar los cientos de partículas subatómicas por vistas en el laboratorio por un solo objeto, la cuerda.
En este nuevo vocabulario, las leyes de la física, cuidadosamente construidas después de miles de años de experimentación, no son más que las leyes de la armonía que pueden escribirse para cuerdas y membranas. Las leyes de la química son las melodías que uno puede tocar con estas cuerdas. El universo es una sinfonía de cuerdas. Y la “mente de Dios”, de la que Einstein escribió con tanta elocuencia, es la música que resuena en todo el hiperespacio.
Universos paralelos, Michio Kaku. Ediciones Atalanta. Girona, 2008.
Esa música de la que habla Kaku es la misma de la que habla Marcus du Sautoy: una regida por el que posiblemente sea el más misterioso de los objetos matemáticos: los números primos -por cierto, el libro de Kaku, que acabo de empezar, promete hacerme pasar buenos ratos-.
En los últimos trescientos años, esa representación del mundo que nos ofrece la ciencia ha pasado de ser apenas unos primeros trazos de carboncillo definiendo los ejes en el lienzo, a mostrar un cuadro de Velázquez. No es lo complejo del relato, ni la dificultad técnica de su composición lo que nos fascina; lo que verdaderamente nos fascina es que tal relato exista, que sea accesible a nuestro intelecto, y que haya sido construido de acuerdo a las leyes de la belleza.